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EL PERIÓDICO
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Claves geopolíticas de Cataluña


Cataluña, Gottland, la mítica tierra de los godos según la etimología, se ubica en el confín nororiental de la península ibérica. Poblada por 7.722.000 moradores, de una edad media de 42 años, es una de las áreas regionales de mayor entidad económica y personalidad cultural de España, al igual que del sur de Europa. Políticamente, dispone hoy de instituciones democráticas, Gobierno y Parlamento propios, con amplias competencias administrativas, educativas y culturales, y se organiza como una de las principales Comunidades Autónomas de las 17 que componen el Estado español. Cultura y lengua propias, sociedad civil vertebrada, catolicismo ampliamente extendido coexistente con un laicismo asentado, más un enraizado nacionalismo, su peso específico estatal lo define su personalidad geopolítica que incluye 32.000 kilómetros cuadrados de extensión territorial y 580 kilómetros de litoral costero.

Con un potente espaldar pirenaico, Francia-Andorra, al Norte, el Ebro al Sur, a Levante el Mediterráneo, más Aragón a Poniente, configuran sus coordenadas cardinales. Sus comunicaciones terrestres, por carretera y ferrocarril, presentan algunos déficits estructurales relacionados con las limitaciones geofísicas que imponen, a sus trazados, corredores que adensan la fluidez del tránsito. Dispone Cataluña de 5 aeropuertos comerciales –con tráfico de hasta 47 millones de pasajeros anuales, como El Prat- y dos grandes puertos de mar, en Barcelona y Tarragona, más numerosos puertos deportivos. Goza de un amplio potencial turístico. Su pujanza económica aporta hoy al Estado casi el 20% del Producto Interior Bruto.

Cataluña posee un notable potencial agrícola, señaladamente fruta, vino y olivo, gracias a las extensas áreas de regadío surcadas por cuatro decenas de ríos que descienden de la cordillera pirenaica y tributan al Ebro o desembocan en el mar. Hoy registra fuertes pulsiones para convertirse en el polo de la telemática, telefonía más informática, occidental. Su potencial riqueza energética en la depresión del Ebro está por descubrir. Pero el vector más llamativo de la riqueza de Cataluña enraíza, principalmente, en el despliegue histórico de una industrialización, en su origen, textil, posteriormente química, y de un comercio, ambos muy dinámicos, hegemonizado por un capitalismo diversificado pero bien articulado. Este extrajo su riqueza del trabajo de un amplio proletariado inmigrado -y reivindicativo- en pugna incesante con una potente burguesía ilustrada. Sus distintas alas, alta, industrial; media, cultural; y baja, comercial, vertebraron en torno suyo una estructura social catalana rígidamente segmentada.

Su histórico modelo económico, industrial y comercial, experimenta hoy agudas contradicciones derivadas de las transformaciones, en clave financiera, operadas en el seno del capitalismo. En este desgajamiento entre el histórico capitalismo comercial-industrial catalán y el cosmopolita capitalismo financiero -hoy hegemónico a escala mundial-, cabe ubicar el origen de buena parte de las contradictorias reivindicaciones secesionistas; y ello, ya que sus exponentes, consciente o inconscientemente, asocian al Estado español, más concretamente a Madrid -hoy probablemente más pujante que Barcelona- con la sumisión al dictado de un capitalismo financiero que arramblaría con las seculares tradiciones económicas catalanas. Por ende, las franjas sociales concernidas añoran los tiempos en que su modelo económico resultaba ser el dominante pero, de no adaptar sus esquemas económicos al patrón financiero dominante, cualquier progreso hacia la independencia resultará inviable.

Éxitos económicos frente a fracasos políticos

La historia de Cataluña, polemizada hasta el extremo por deformaciones de distinto signo, registra una serie de hitos recurrentes. Uno de los más destacados residiría en el contraste entre la positividad de los logros económicos, históricamente evidenciada, frente a la negatividad de los efectos políticos derivados de las apuestas de sus líderes locales: en contraposición a las opciones mayoritarias vigentes en el conjunto de España, las locales resultaron casi siempre políticamente derrotadas.

Pulsiones expansivas catalanas se desplegaron en la Edad Media, con la expedición mediterránea de los almogávares, que se hicieron con el control militar de un importante vector, a partir de Atenas, del extremo suroriental europeo. Aquella presencia militar abrió la penetración comercial catalana en el confín del Mare Nostrum, secularmente hegemonizada por los mercaderes venecianos.

Dentro del designio expansivo aragonés por el Mediterráneo, la presencia cultural, comercial y política catalana hizo acto de presencia, para enraizar después, en la Italia insular, Cerdeña y Sicilia, y en la continental meridional, Nápoles, durante la Baja Edad Media. Su impronta duraría hasta el fin del siglo XVIII. El Mediterráneo sería pues una vía de extensión del comercio catalán –con las islas Baleares como enclave cultural de catalanidad y trampolín económico- con los límites impuestos por la marina otomana: recordemos que frente a las costas de Cadaqués, Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo, cuando regresaban de Italia, fueron apresados a manos de corsarios turcos y enviados a Argel, donde permanecieron cautivos cinco años.

La exitosa dinámica expansiva catalana fue, empero, de menor intensidad que las tensiones centrípetas, caracterizadas por sucesivas y costosas derrotas políticas que arrancan en la pugna de los payeses de remensa enfrentados a los feudales en el siglo XV; prosiguen en el XVI, con la fuga y protección aragonesa de Antonio Pérez, secretario regio de Felipe II, al amparo del Justicia de Aragón, Juan Lanuza, que perdió su cabeza por proteger al prófugo; escalan a un grado supremo de adversidad con la ocupación militar de Cataluña por Felipe IV en el siglo XVII; se prolongan al siglo siguiente, en la Guerra de Sucesión, con la apuesta catalana por la opción austracista –derrotada por las armas de Felipe V de Borbón- con la consiguiente centralización; se acentúan, además, en el siglo XIX con el fuerte arraigo carlista en Cataluña, igualmente derrotado; y, sobre todo, fracasan en la pugna anticapitalista del anarquismo, ya en la centuria siguiente y en la posterior apuesta republicana de la Generalitat, en 1936, con la consiguiente represión aplicada a las instituciones y a la cultura catalanas por parte del régimen de Franco.

La Historia “castellanizada”

Hay un hecho histórico-cultural de enorme trascendencia, que suele pasar inadvertido a los historiadores del nacionalismo en España. No así al intelectual José Luis Abellán quien, en sus escritos, ha destacado que la crisis política y moral de 1898 en España, derivada de la pérdida de las últimas colonias imperiales en América y Asia, alineó a los intelectuales residentes en Madrid, desde Miguel de Unamuno a Antonio Machado y Ramón Menéndez Pidal, en una visión castellanizada de la historia de España. Esta reducción, poetizada y mitificada –al fondo, el universo cídico- , dejó al margen del relato nacional de logros históricos españoles, a catalanes, vascos y gallegos. Ello echó las bases de un resentimiento que desataría –asegura Abellán- la centrifugación ideológica respecto del poder central de los nacionalismos periféricos, entonces emergentes.

Sin embargo, un sector importante de la alta burguesía catalana, que a la larga sería hegemónico, logró anudar en 1936 estrechas alianzas con los alzados contra la República, aportando a Franco no solo copiosos recursos, sino incluso el principal servicio civil de espionaje –dirigido por el prócer y aristócrata Bertran y Musitu-, con redes en los puertos franceses de donde procedían los suministros y las importaciones de la República. El Archivo General Militar de Ávila contiene abundante documentación sobre las redes catalanas de la llamada quinta columna franquista tras las líneas republicanas, así como mucha correspondencia oficial que prueba el recelo de las autoridades de Madrid en torno a la supuesta veracidad de tales confesadas y extensas adscripciones de supuestos resistentes.

Al culminar la Guerra Civil, para sofocar las perdurables pulsiones centrífugas del nacionalismo catalán y en premio a los colaboracionistas, tras reprimir las manifestaciones lingüísticas propias del país -de lo que se quejara amargamente el líder falangista Dionisio Ridruejo-, Franco decidió derivar buena cuota de las inversiones del Estado hacia Cataluña. Su decisión formaba parte de una división del mapa estatal español en áreas de actividad económica que asignaría a Cataluña una jugosa porción de la primacía industrial, química y comercial del país; Franco le toleraría algo semejante a la leal oligarquía vasca en otros segmentos de la industria nacional, como el siderúrgico o el naviero. Pero lo hizo, evidentemente, con sus cautelas: una de las más relevantes sería, a partir de 1947, la incorporación a Madrid capital de hasta trece municipios circundantes, desde los Carabancheles hasta Chamartín de la Rosa, para impedir que Barcelona desplazara a Madrid del primer puesto en la escala demográfica del país.

Por otra parte, la histórica combatividad de la clase obrera –inmigrada- en Cataluña dibujó sobre la escena social y política un grado de actividad reivindicativa y sindical, de cuño anarquista primero, y después, de cuño social-comunista, mucho más potente, desarrollada y eficaz que en el resto de España. Ello fue presumiblemente fruto de la industrialización más intensa en la zona nororiental de la península. Por esta razón, el PSUC, Partido Socialista Unificado de Cataluña, fusión de fuerzas socialistas y comunistas catalanas, sería el único partido en poseer estatuto representativo en la III Internacional Comunista, pese a su ámbito regional no propiamente estatal como el de los demás partidos, estatales, allí representados.

Pulsiones centrífugas continentales

Tras estos preámbulos históricos, puede afirmarse que en fechas recientes, Cataluña ha suscitado en nuestros días una evidente atención geopolítica y geoestratégica desde el exterior. Y ello a consecuencia de la simultaneidad de las pulsiones secesionistas catalanas con las de otros movimientos regionales centrífugos europeos -Escocia, Córcega, Bretaña, la reivindicada Padania italiana, la inviable Bélgica unitaria, la Eslovenia de la post-Yugoslavia… en mayor medida que por la siempre dudosa y supuesta viabilidad, hoy, de un Estado catalán independiente en nuestros días.

La hipótesis sobre la presunta inducción rusa de la independencia catalana parece caer por su peso, habida cuenta de que la Federación Rusa integra hoy hasta cien nacionalidades diferentes. De ello se deduce que un éxito político del proceso hacia la independencia catalana sería visto allí, por mimetismo, como el pistoletazo de salida para la carrera hacia la disgregación de muchas de las mentadas nacionalidades, en un sistema que perdió ya 15 Repúblicas, sobre todo centroasiáticas, más Ucrania, tras la implosión de la URSS en 1990. Otra cosa sería decir que Rusia no sigue con atención lo que suceda en Cataluña; pero tal atención, evidente, por cuanto concierne a un área del extremo occidental de Eurasia, se explicaría más por la cuenta que le trae al respecto de este presumible efecto político de contagio nacionalista que por un designio de injerencia favorable a la independencia y su desgajamiento estatal de España.

Además, a diferencia de Estados Unidos, la cultura política rusa parece más proclive a negociar con Estados integrales que con corporaciones privadas, interlocutoras tan del gusto de Washington. Con China, que lleva una política de paciente adquisición de puertos en el Mediterráneo, el de Tarragona incluido, tras el de Limasol, el de Argel, más otros muchos en el continente suramericano, las preferencias de interlocución son semejantes a las rusas, al optar preferiblemente Pekín/Beijing por negociar con Estados integrales.

En otro orden de cosas, en la comunidad de organizaciones de Inteligencia se sabe que en España, la principal sede de la CIA, la central del espionaje de los Estados Unidos de América, residió históricamente -y reside- en Barcelona; lo cual lleva a pensar en la importancia que tuvo y tiene mantener un puesto de observación tan relevante en el mirador catalán al Mediterráneo para Estados Unidos, en donde despliega su VI Flota. Desde Barcelona se puede observar con desenvoltura el Sur de Francia, el Norte de Italia, buena parte de la zona septentrional de África y el centro de gravedad del Mediterráneo. Este es un evidente timbre de atracción geoestratégica de Cataluña y de su entidad geopolítica propia. Pero no cabe duda que para Washington tiene mucho más peso Andalucía, donde ubica sus decisivas bases de Morón y Rota y donde se halla el crucial puerto de Tarifa, uno de los más importantes del continente europeo.

En cuanto al interés geoestratégico que, como se ha comentado, una Cataluña independiente podría representar para Israel, remotas lucubraciones especulan con la eventualidad de que el Estado judío buscara en territorio catalán una zona de establecimiento confortable. Incrustado en Europa, cobraría importancia estratégica en el caso de que las amenazas de sus enemigos árabes se materializaran algún día contra su territorio y forzaran una retirada estratégica de su pueblo hacia otro destino allende el mar. Tan remota posibilidad parece hoy altamente improbable cuando Israel, con la ayuda de Estados Unidos, parece haber pulverizado Estados rivales de tanta entidad como la tuvieron en su día Irak, Libia y está en trance de que caiga también Siria, mientras restablece potenciales alianzas con Arabia Saudí y con los Emiratos frente a Turquía e Irán. Egipto dejó hace lustros de ser un peligro y Jordania convive con Israel sin apenas fricciones.

El eje nórdico



Cabe ponderar, además, la hipótesis según la cual, sectores nor-europeos de influencia estarían barajando desde hace tiempo la posibilidad de segregar las zonas más ricas del sur continental y atraerlas al Norte. Su propósito sería el de integrarlas en un esquema económico-financiero que las alejara de las metrópolis de las áreas meridionales pobres, asignadas por ellos al ominoso club de los PIG,s: es éste un supuesto cortejo de Estados sin interés para quienes aspiran a detentar el discurso hegemónico en un continente europeo post-comunitario. Desde una perspectiva actual, es preciso resaltar, como establece el politólogo y experto en Geopolítica, Jaime Pastor, que “sin una Cataluña normalizada, no existen garantías de estabilidad geopolítica del Estado español”.

Así pues, la inducción intencional de la salida del Reino Unido de Europa evidenciaría la existencia de uno de los flecos de la hipotética tendencia hacia una reconfiguración axial de Europa, segmentada en clave Norte contra Sur.

Este sí podría ser un riesgo real, habida cuenta de la asintonía cada vez más perceptible entre los intereses del vector hoy hegemónico del capitalismo financiero occidental –abiertamente receloso de la democracia- y la organización política, en clave democrática interestatal, del actual sistema europeo de 28 Estados. Las trabas observadas y reiteradamente surgidas respecto de la viabilidad de la creación de un sistema europeo de Seguridad y Defensa continental, sin padrinazgos foráneos, casan conceptualmente muy bien con las presiones del poderoso complejo militar-industrial estadounidense –y su expresión política, la Alianza Atlántica- para asegurarse de manera permanente el rearme y la vigilancia de Europa. Sus Estados, desprovistos de tal sistema propio, quedan así devaluados. Para justificar la continuidad de tal presencia vigilante, la rusofobia propia de la Guerra Fría sigue siendo el mantra dominante, implementado hoy con la sinofobia incipiente, pero cada vez más ruidosa y evidente.

En este supuesto esquema, una Cataluña independiente bien pudiera jugar el papel de importante cuña geoestratégica en el bajo vientre de Francia, la potencia europea con más posibilidades de conseguir autonomía política respecto de Washington; y, por mor de la histórica tendencia de París a afirmar su personalidad geopolítica, más proclive a estrechar lazos con Moscú; ya De Gaulle ideó la teoría de una Eurasia que abarcara desde el Atlántico hasta Vladivostock, teoría que causó espanto en la Casa Blanca; y ello pese a los estrechos lazos históricos que, desde sus respectivas revoluciones, vincularon el designio francés a los Estados Unidos de América ya en tiempos de Gilbert du Motier, el general, marqués y revolucionario La Fayette (1757-1834). Empero, la fuga de Europa por parte del Reino Unido abre un margen de influencia a Francia sobre España, en el sentido de redimensionar su ascendiente sobre Madrid y también sobre Barcelona, como se nota ya en su avanzadilla, el reciente desembarco de capitales franceses en instituciones culturales y en medios de comunicación peninsulares.

Nacionalismo/suparanacionalismo

Una posible independencia de Cataluña respecto de España, hoy considerada una utopía por el sentido común dominante, solo se insertaría, contradictoriamente, dentro de la corriente de pensamiento anglosajón preconizada por quienes desdeñan la futura perpetuación de la fórmula Estado en el siglo presente. Su desdén procede de considerar que en el inmediato futuro, el Estado como sujeto e interlocutor político prioritario –muy dañado ya en su ascendiente por la globalización supranacional de las compañías multinacionales-, desentonaría con los impulsos desreguladores de los mercados financieros, ansiosos por librarse de las ataduras estatales; estos fueron aleccionados por el binomio Ronald Reagan-Margaret Thatcher en los años 80, cuyos efectos ideopolíticos y económicos alternativos–neoliberalismo/neoconservadurismo-, duran hasta hoy, con su principal legado explícito en el trumpismo, pese a los barnices aislacionistas de los que se ha visto revestido en su mandato.

Pero la fórmula de independencia barajada en Cataluña, de troquel estatal republicano, discurre a contramano de la tendencia ultraliberal antiestatal hegemónica. ¿Conviene a Estados Unidos una fragmentación europea? Depende. Si tal fragmentación asimilara al Norte las regiones continentales más ricas del Sur, Cataluña incluida, junto con la Padania italiana, el norte de los Balcanes, la Centroeuropa de la República Checa, más Eslovenia, así como las cuñas estatales orientales de Polonia y Hungría –las pulsiones centrífugas de Varsovia y Budapest respecto de Bruselas son muy elocuentes- se fortificaría un poderoso Norte transcontinental, hegemonizado por Estados Unidos. Ese mismo eje alinearía presumiblemente a Canadá, los países nórdicos, el Reino Unido, Holanda y quizá Dinamarca, de manera que impidiera una relación normalizada –que hoy parece natural y rentable para el Viejo Continente, tras tantos años de Guerra Fría- entre la Federación Rusa y el Eje franco-alemán que tira del carro comunitario europeo: los cercanos energéticos rusos son decisivos para Alemania.

Este alineamiento, tras algunos de los destrozos causados por la errática política exterior de Donald Trump, implicaría un intento de re-hegemonización estadounidense del mundo para hacer frente al poder emergente de China. La agenda de Joe Biden registra, sin duda, la pulsión de esta tendencia. Y ello ya que tal eje septentrional, ampliado al hemisferio Sur, incluiría asimismo a Brasil, en América meridional, más Australia, en Oceanía. De esta forma, Washington plantaría cara a su temida Eurasia, por la expansión mundial y geopolítica de la influencia económico-tecnológica de China, en cuyos brazos Estados Unidos parece haber echado a Rusia, a consecuencia del persistente amago militar que la OTAN lleva hasta las fronteras occidentales rusas –países bálticos, Polonia, Ucrania, Moldavia, Asarbayán, pobladas de bases estadounidenses… en vez de haber buscado una aproximación diplomática que desactive el eje Moscú-Pekín actualmente existente.

¿Casan estos esquemas con la textura política, a veces tan localista, de una parte de l@s polític@s catalan@s hoy presentes en la escena? Evidentemente, no casan. Pero la tradicional e histórica injerencia en la política española de potencias continentales como Alemania o Francia, o la de potencias insulares, como Reino Unido, más las transcontinentales de una superpotencia como Estados Unidos, no permite descartar que las intenciones geopolíticas foráneas por perpetuar tal tradición hayan quedado interrumpidas; todo ello se plantea aún, pese a que no se vea a simple vista, cuando Europa bulle en profundas contradicciones que amenazan seriamente su integridad, como el precedente británico augura y ciertas simpatías holandesas y nórdicas señalan.

Si estas hipótesis danzan en las mentes de algunos políticos catalanes, no lo sabemos a ciencia cierta. Pero desde el establecimiento de una red diplomática propia de la Generalitat, paralela a la diplomacia estatal de España, despuntaban ya presumibles pulsiones en lejana sintonía con aquellas teorías. Con todo, siguiendo el viejo adagio, cabría evocar la conseja según la cual, es prudente “desconfiar de quien te adula”: seguro que algunos agentes foráneos se proponen aproximarse a los líderes catalanes y, con zalamerías, serían capaces de despertar sueños de grandeza en más de un@ de los personajes relevantes en la escena.

Claro que, será precondición para llegar a acuerdos, que los políticos catalanes tentados por estas promesas se comprometan ante sus socios para convencer a la burguesía catalana de que el capitalismo industrial y comercial, químico y textil, de la tradición económica del país, debe dar paso a una transnacionalización hacia el capitalismo plenamente financiarizado que asegure, de nuevo, una jugosa tasa de ganancia a repartir entre los miembros del nuevo club. Con el señuelo de la amenaza oriental, el sueño de un Eldorado septentrional europeo de espaldas al Sur profundo puede llegar a calar en Cataluña, donde las leyendas evocadas por Richard Wagner ubicaban, concretamente en el monasterio de Montserrat, otro codiciado –y, hasta hoy, quimérico- Grial.