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Léon Blum y el único socialismo


Léon Blum (1947) / © Harris & Ewing / Wikipedia Léon Blum (1947) / © Harris & Ewing / Wikipedia

Léon Blum ocupa un lugar destacado en las secciones de Historia y Vida y Textos Hstóricos Obreros de este diario digital por su importancia en la Historia de socialismo francés y general. En este especial recuperamos un texto suyo del verano de 1933 donde teoriza contra la idea de si había o no dos socialismos.

“Estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo a la maniobra de diversión y de división, generalmente fomentada o alentada por los peores enemigos del Socialismo, y que consiste en decir que hay dos Socialismos, uno bueno y otro malo; uno seco y riguroso como un cálculo o como una construcción lógica, y otro vivo, generoso, humano; uno muy francés, muy sesudo, muy «nuestro», y otro alemán por origen e internacional por naturaleza.

Conocemos esto desde hace cincuenta años a más. A favor del "Socialismo nacional» asistiremos sin duda a una de las reapariciones periódicas de esa campaña tradicional. La masa de los trabajadores no se dejaré conmover por ella ahora, corno no se dejó anteriormente.

«No hay dos clases de Socialismo, uno internacional y erro que no lo es.» Es imposible concebir la realización del Socialismo de otro modo que cuino una transformación internacional del régimen de la producción y de la propiedad. Es imposible concebir una organización y una acción socialistas que se limiten y encierren en el marco nacional. «Un socialismo nacional no sería ya Socialismo y se convertiría rápidamente -a menos que lo fuese desde el origen- en antisocialismo. No hay dos clases de Socialismo, uno de ellos el marxismo y el otro no se sabe qué.»

No somos ni tan ingenuos ni tan ignorantes para sostener que, en un mundo donde todo cambia, la obra de Marx y de Engels ha permanecido inmutable e intangible. La doctrina marxista ha cambiado precisamente porque es una doctrina viva. Ha cambiado al pasar a través de los espíritus y por el contacto de las cosas; pero, sin embargo, permanece intacta en sus líneas fundamentales. No es ni una metafísica, sujeta come una obra de arte al azar de la creación individual, ni una química, sometida a la ley científica del progreso. Es, ante todo, un método de observación, de análisis, de interpretación de la realidad económica.

Como método, no ha envejecido más que los principios del método experimental desde Bacon, Hume y Claudio Bernard. Las leyes esenciales que el método ha permitido derivar no han envejecido más que la$ grandes ideas inspiradoras de un Darwin, de un Pasteur, de un Maxwell, que desde hace casi un siglo dirigen el trabajo científico.

Es prodigioso que se venga a hablar hoy del marxismo corno de una conjetura anticuada, rancia, en el preciso momento en que el espectáculo de la Humanidad, desolada por la crisis, le proporciona la comprobación más punzante, pero también la más evidente y clara.

He de insistir sobre esto con más detalle, al comentar, como tengo el propósito, el noble y profundo estudio de nuestro amigo Diner-Denés acerca de Carlos Marx, así como el libro de juventud de Engels "La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra», cuya traducción acaba de hacer Bracke. Pero sobre todo, que a ese descrédito del marxismo no se mezcle el nombre de Jaurés. Jaurès volvió a pensar el marxismo, y por eso mismo lo impregnó profundamente con su genio personal. El lo rectificó y amplió, lo animó con su aliento y, si puedo decirlo, con una intención y una sensibilidad propias de él.

Pero Jaurès no varió nunca un solo minuto en su adhesión completa y sin reservas a los temas esenciales del pensamiento marxista: teoría del velaro, dialéctica de la historia, acción de clase, organización Internacional del proletariado. Consúltese la conferencia famosa pronunciada en las Sociedades Sabias acerca de la controversia Bernstein-Kautsky, y vuélvase a leer a seguida «El nuevo ejército»; se verá que en trece años no había perdido le posición de Jaurès ni claridad ni firmeza. Oponer Jaurès a Marx es absurdo. Jaurès era marxista. «En el estado actual de ostia, un socialista antimarxista no sería ya so. socialista y se convertiría rápidamente en un antisocialista”.

¿Cómo deshacernos, por lo demás, de la identidad entre Socialismo y marxismo, cuando son nuestros enemigos más encarnizados y más cínicos quienes la emplean contra nosotros? Me explicaré. Marxismo es el nombre que en Francia y en todas partes se ha dado siempre al Socialismo cuando se le quería combatir, vilipendiar o extirpar. Cuando “Le Temps” quiere inspirar a los honrados radicales franceses disgusto y horror hacia nuestro maléfico Partido -es decir, cinco o seis veces por semana- nos llama marxistas y no socialistas.

Al marxismo es al que Mussolini declaró la guerra; el marxismo es el que Hitler, Goering y sus bandas pretender arrancar del suelo alemán. Todo el que ataca al Socialismo, todo el que quiere hacerlo risible u odiable lo califica de marxismo. Razón de más para ostentar orgullosamente, como antaño los pordioseros de Guillermo de Orange, el nombre con que se pretende mofarse de nosotros o abrumarnos.

Sí, somos marxistas, sí, somos internacionalistas. Sabemos perfectamente a lo que nos expone esta profesión de fe. Sabemos que los enemigos del Socialismo seguirán, como antes, denunciando en nosotros a los sin patria, a los traidores, a los abogados y a los agentes de Alemania. Poco importa, a condición de que ningún socialista les preste un involuntario apoyo con sus imprudencias.”

(Fuente: El Socialista, número 7659, de 23 de agosto de 1933).