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La representación política en la Historia


Sesión de apertura de los Estados generales de 1789, el 5 de mayo, en Versalles, según pintura de Auguste Couder. Preside Luis XVI y habla Necker. Se identifican muchos de los participantes. Sesión de apertura de los Estados generales de 1789, el 5 de mayo, en Versalles, según pintura de Auguste Couder. Preside Luis XVI y habla Necker. Se identifican muchos de los participantes.

La representación política es uno de los pilares de nuestro sistema político. Se trata de un modelo de organización de las relaciones políticas entre los gobernantes y gobernados. Los gobernantes personificarían a los segundos. Esta convención legitimaría el ejercicio de las funciones públicas.

La representación política no es patrimonio de los sistemas liberales decimonónicos ni de los democráticos posteriores. Existía ya en la polis clásica griega y en la Roma republicana. En la Edad Media surgieron las Cortes donde acudían representantes políticos de los tres estamentos, estados u órdenes: clero, nobleza y la burguesía urbana procedente del tercer estado, y organizaban en brazos aparte. Eran portavoces de los intereses de cada estamento y de las ciudades (el resto del Tercer Estado, es decir, la mayoría de la población no estaría representada) a través de un sistema de delegación con mandato imperativo para negociar con los monarcas contrapartidas cuando éstos solicitaban subsidios o préstamos para sus propósitos políticos y militares.

El triunfo del absolutismo relegó las Cortes a un segundo plano, aunque su reunión era necesaria en muchos casos para las cuestiones fiscales, además de que los reyes utilizaban estas Cortes, Dietas, Parlamentos o Estados Generales para dar más legitimidad a sus medidas, aunque no se sintieran obligados a consultar a los representantes de sus súbditos. En este sentido, Luis XIV decidió no volver a convocar los Estados Generales.

En determinados lugares donde el absolutismo no se impuso claramente las Cortes siguieron teniendo mucha fuerza. Las distintas Cortes de la Corona de Aragón, gracias a la estructura política pactista de sus reinos, siguieron siendo muy poderosas en tiempos de la Monarquía Hispánica, aunque todo terminó con la llegada de los Borbones y el establecimiento de los Decretos de Nueva Planta a comienzos del siglo XVIII, y la extinción de las cámaras representativas.

Las revoluciones inglesas del siglo XVII terminaron con los intentos de imponer el absolutismo por parte de los Estuardo. El Parlamento de Inglaterra se impuso, naciendo la primera Monarquía parlamentaria de la Historia. El Bill of Rights se convierte en un documento fundamental, en este sentido.

Las revoluciones liberales-burguesas trajeron un cambio radical en la concepción de la representación política. Los representantes de las Trece Colonias cuestionaron a la metrópoli con el argumento de que si los miembros de una comunidad política tenían obligaciones con ella, como pagar impuestos, también debían poder participar en la designación de los representantes que aprobaban las políticas económicas. Recordemos que las Trece Colonias no tenían representantes en el Parlamento de Westminster.

Los revolucionarios franceses, por su parte, desarrollaron otra idea básica de la representación política contemporánea. La nación debía seleccionar a sus dirigentes políticos a través del sufragio. Y en esta materia se plantearon dos modelos: el sufragio censitario defendido por el liberalismo conservador o doctrinario que consideraba que solamente los propietarios debían elegir a los representantes de la nación y ser los elegidos porque serían los únicos con capacidad para legislar y gobernar. Frente a este modelo moderado, el liberalismo más progresista y democrático defendió el sufragio universal al considerar que todos los ciudadanos tenían derechos políticos. Posteriormente, la lucha sufragista consiguió el reconocimiento de este derecho para las mujeres, no sin tener que desarrollar una intensa lucha y protagonizar grandes debates.

Los parlamentarios de la época contemporánea, al ser designados gracias al sufragio y dedicarse a la elaboración y aprobación de normas generales y abstractas, no están sometidos al mandato imperativo que sí era norma en el sistema de representación medieval y moderno. Eso no quiere decir que no gocen de una relación de confianza con el electorado y que les permite desarrollar su tarea legislativa y de control del ejecutivo. Los parlamentarios actúan en nombre de los ciudadanos en las democracias representativas. En las elecciones se dilucidaría el mantenimiento o no de esa confianza.

Curiosamente, el control que ejercen los partidos políticos al elaborar listas cerradas y establecer en casi todas las democracias, aunque no tanto en los sistemas anglosajones, las directrices que los parlamentarios deben seguir han hecho que éstos se acerquen, en cierta medida, a un nuevo mandato imperativo.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.