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La lucha de las obreras lamparilleras de Carabanchel Bajo en 1931

Las trabajadoras lamparilleras de la localidad madrileña de Carabanchel Bajo padecían a finales de los años veinte y principios de los treinta unas muy duras condiciones laborales. Al parecer, llegaban a trabajar hasta nueve y diez horas diarias, a pesar de que ya hacía mucho tiempo que estaba en vigor la jornada laboral de ocho horas. No tenían descanso alguno ni en la hora de la comida. Y el salario era muy bajo. Las más veteranas, las que llevaban entre ocho y doce años de trabajo, percibían un jornal que oscilaba entre las 2 y 2’25 pesetas diarias.

Esta situación provocó que se movilizasen. A finales de los años veinte protestaron, pero el dueño de la fábrica con el apoyo del alcalde Leandro Teresa Negro, según explicaba Tomás Bernal, miembro de la Federación Nacional de Industrias Químicas de la UGT, en un artículo publicado en El Socialista, despidió a las trabajadoras más significadas.

Por lo tanto, la Sociedad Obrera quedó destruida, y las trabajadoras siguieron padeciendo una situación muy dura, dándose el caso de que los pocos hombres que trabajaban en la fábrica las amenazaban.

Las obreras decidieron acudir al Centro Obrero para organizarse, consiguiendo poner en marcha una nueva Sociedad, presentando unas bases, que sí fueron aceptadas por el patrono, aunque no les concedió nada de lo que allí se pedía, alegando que la fábrica que estaba situada en Cuatro Caminos pagaba menos a sus obreras, por lo que vendía más baratos los productos. El empresario, además, intentó obligar a las trabajadoras a firmar una especie de recibo que las colocaba en una situación en la que claudicaban en todos sus derechos. Bernal aconsejó que no lo hicieran. Eso provocó la reacción del dueño que les conminó a que firmasen o al lunes siguiente (ya estaríamos en 1931) no entrarían a trabajar. La Sociedad pidió el apoyo del alcalde, y esta vez intervino ante el patrono, pero sin éxito. A lo sumo lo que hizo fue, al comprobar que las operarias no firmaban, no abrir la fábrica, aunque no las despidió.

El Ministerio de Trabajo citó al empresario, que se comprometió a abrir la fábrica, y a formar una comisión con el fin de discutir las bases que se habían presentado, además de anunciar que pagaría el jornal del día que había cerrado.

Bernal se quejaba en su artículo de que el expediente de este asunto iba muy lento en el Comité Paritario de Productos Químicos. Pero, lo que nos parece más interesante es su comentario sobre la supuesta pretensión de los anarcosindicalistas de “arrastrar a esta Sociedad a los procedimientos de desorientación que su táctica les indica”. Bernal insistía en la táctica de la UGT, que pasaría por el “mejoramiento de nuestra clase y después nuestra emancipación”.

Hemos empleado como fuente, el número 7021 de El Socialista, de 11 de agosto de 1931, y también hemos consultado el Diccionario Biográfico del Socialismo Español.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.