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El Marañón, del drama a la calma tensa

  • Escrito por María Traspaderne
  • Publicado en Crónicas
La doctora Sonia García de San José, subdirectora gerente del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. En semanas, los sanitarios han pasado del drama a una "calma tensa" que les pilla "agotados", "vacíos". EFE/Mariscal La doctora Sonia García de San José, subdirectora gerente del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. En semanas, los sanitarios han pasado del drama a una "calma tensa" que les pilla "agotados", "vacíos". EFE/Mariscal

El jefe de los anestesistas del Gregorio Marañón, ese hospital de 23 edificios del centro de Madrid, tiene en un rincón de su despacho una cama plegable. "Fue muy duro", dice Javier Hortal mirando el mueble que llegó con la pandemia, la que les "aplastó" y les obligó a decidir "a la velocidad de la luz".

En semanas, los sanitarios han pasado del drama a una "calma tensa" que les pilla "agotados", "vacíos". Esperan ahora con cierto temor un posible rebrote que abordarían más preparados, aunque no saben de dónde sacarían la adrenalina, porque la han agotado toda.

Efe perfila la radiografía del pasado, presente y futuro de una pandemia con los relatos de seis responsables de uno de los hospitales más grandes de España y el que más pacientes de la covid-19 llegó a albergar en los peores momentos, casi 1.100, con cientos acumulándose en las urgencias sin poder ser atendidos. Ahora hay 70.

UN PASADO "DEMOLEDOR"

Cuando se pide a los jefes médicos del Marañón que echen la vista atrás a marzo y abril, los adjetivos se acumulan. "Demoledor", "desbordante", "descomunal", "dramático", "horroroso", "exagerado". Son veteranos que han vivido el sida, la colza y el 11M en primera persona, pero el coronavirus ni se les acerca.

"Esto fueron muchos 11M, uno detrás de otro", asegura a pocos metros del plegatín Hortal, responsable del servicio de Anestesia, los que acudieron en ayuda de los intensivistas cuando la cosa se desbordó y hubo que abrir ucis en lugares insospechados. De 18 puestos de uci pasaron a 130 gracias a la capacidad de respuesta "espectacular" del personal.

Aún así, confiesa, "te ibas a dormir pensando que no llegábamos al día siguiente" porque no paraban de llegar pacientes. "Era horroroso", describe Juan Andueza, el responsable de Urgencias, que también estaba en el Marañón el 11M. "No tiene nada que ver", apunta recordando los atentados, porque esta ha sido la situación "más difícil" por la que ha pasado.

El goteo de ninguno, uno, dos o tres pacientes al día de covid que se registra ahora en una puerta despejada, con alguna ambulancia que viene y va, no se parece nada a las 380 personas que había "permanentemente" en Urgencias en los momentos más críticos, muchos "bastante graves". "Hubo que movilizar todos los espacios disponibles", resume Andueza.

El gimnasio, una planta de oncología en obras y un hospital de campaña de Médicos del Mundo aliviaron a un servicio que viene a la mente del jefe de Cardiología, Francisco Fernández-Avilés, cuando se le pregunta por lo peor de la pandemia. "Recuerdo las noches en las que los pacientes estaban en la puerta de las urgencias. No uno, ni 50, sino más de 100 y más de 200, sin nadie que los pudiese atender.

No hay nada peor que eso". El responsable de la unidad de corazón más grande de España, que ha superado la covid-19 con neumonía incluida, también vivió el sida y la colza. Este virus, dice, "es igual pero multiplicado por mil".

PARA ADELANTE COMO FUERA

En el pico de la enfermedad, cuando las cifras doblaban cada día, la reacción de los sanitarios fue "apretar el acelerador" y "tirar para adelante" como fuera, relata Jesús Millán, jefe de Medicina Interna.

Eso sí, "con mucho desgaste físico y emocional, a veces hasta el agotamiento y el llanto". Se trataba de "vivir al día y solucionar el día a día", porque la pandemia, explica, les "aplastó". Facultativos de las especialidades "más distantes" (pediatras, rehabilitadores, cirujanos, neurofisiólogos...) se convirtieron todos en médicos de la covid.

Había, dice la subdirectora gerente del hospital, Sonia García, que tomar decisiones "a la velocidad de la luz", abrir nuevas zonas de uci y de hospitalización cada 24 horas. Llegaron "al borde del precipicio", reconoce.

"Pero con la convicción de que íbamos a poder con ello". Porque el Marañón, indica García, tiene planes de emergencias puntuales, pero no para una pandemia sostenida en el tiempo.

"No estábamos preparados. Era difícil que cualquiera lo estuviera", admite. Semanas antes del pico, el laboratorio del hospital ya se puso a funcionar. Patricia Muñoz, jefe de Microbiología y Enfermedades Infecciosas, recuerda ese primer test PCR que hicieron un 23 de febrero a una persona de Italia que dio negativo.

Y ese otro, tres días después, que supuso el primer positivo. "A partir de ahí no hemos parado ni un solo día", resume junto a un incansable robot "covid warrior" que hace pruebas de ocho en ocho en un laboratorio donde se trabaja 24 horas. Han diagnosticado al 17% de todos los madrileños y funcionan a razón de 1.000 pruebas diarias, casi todas ahora provenientes de la Atención Primaria.

EL PRESENTE: AGOTADOS Y VACÍOS

Pasado lo peor, llega el cansancio, salvo para los que aún trabajan en las tres unidades con pacientes covid que mantiene el Marañón. Dentro de una de ellas, a cargo del doctor Millán, aún hay epis, dobles mascarillas y cuelgan carteles con el arcoíris y el "todo irá bien".

Nada más entrar, una mujer forrada de plástico de la cabeza a los pies se queja de los sudores. "Después de limpiar cuatro habitaciones me tengo que beber una botella entera de agua". Escenas que recuerdan que el bicho sigue ahí.

Los de las unidades covid continúan en la "era multicolor" del Marañón, en la que los tonos de las batas (blancas, naranjas, a rayas...) ya no se corresponden forzosamente con el cargo del que las lleva.

Y siguen luchando contra un virus que ha afectado a un 21% del personal del hospital. Ahora hay 70 pacientes covid, 16 de ellos en uci, donde no ha entrado ninguno nuevo desde hace un mes.

Muy lejos de las cifras de antes, pero su presencia hace patente que "no hay que bajar la guardia" ni ser "temerario", advierte el jefe de Cardiología. "El personal está normalizando su actividad y normalizando su cerebro", sufriendo las consecuencias psicológicas y repasando lo ocurrido para aprender de ello.

Para Fernández-Avilés, ahora no hay que descuidarse y "es obligatorio" mantener un circuito de atención a pacientes de coronavirus totalmente aislado del resto. Es lo que está haciendo el Marañón y sus profesionales, tras el pico de actividad.

"Estamos mucho mejor, tenemos un número de enfermos infinitamente inferior y eso genera tranquilidad, sosiego y capacidad de reaccionar", dice Millán, lo que no excluye el agotamiento.

"Yo a veces tengo la sensación de que me he quedado sin adrenalina, sin cortisol, sin todo", bromea este jefe médico, una percepción que la responsable de Microbiología, aún en plena actividad, define como "más que cansados, vacíos".

Para Andueza es una "calma tensa" la que tienen en Urgencias. "Porque esperamos y deseamos que no haya un rebrote", dice sobre su personal, que ahora está "tremendamente cansado y dañado psicológicamente".

FUTURO: MÁS PREPARADOS

Con los dedos cruzados para que, si hay un rebrote, "no sea de la magnitud del de abril", la subdirectora coincide con todos los responsables en que ahora están más preparados. "Ya conocemos cómo se puede comportar este virus" y han aprendido varias lecciones.

Como que es necesario tener una reserva de material sanitario, una estrategia para aumentar la capacidad de los hospitales de manera rápida y más profesionales formados en pacientes críticos, así como fomentar los equipos de médicos de distintas disciplinas y darle un empuje a la telemedicina.

Y no descuidar la investigación, apunta la jefa de los laboratorios, que recuerda que los test PCR, e incluso los bastoncillos para tomar las muestras, se tienen que importar.

"Hay que hacer una industria española de diagnóstico" porque "cada vez que cae la salud, cae la economía y cae el país". Para el jefe de Cardiología, se ha aprendido que "la sanidad es extraordinaria por los sanitarios". "Ahora lo que hay que hacer es que sea extraordinaria de verdad, no solamente por los sanitarios, sino por los recursos".

Él cree que hay que tener un sistema sanitario "sobredimensionado". "Está muy bien lo de los aplausos, pero algo más por favor", reclama a los que toman las decisiones, y augura que en el Marañón "un nuevo brote se manejaría bien".

Ayudaría, apunta el responsable de los anestesistas, el material remanente que se ha ido acumulando en la crisis. "Nos faltaban camas, y aparecían; nos faltaban respiradores, y aparecían. Ahora eso lo tenemos aquí y estaríamos más preparados". También se conoce mejor al virus.

"Cada vez sabemos más cosas y somos capaces de anticiparnos a los acontecimientos, de empezar a tratar más temprano a los pacientes", dice Millán, preocupado eso sí porque hay internistas que en algún momento de la crisis se han planteado dejar la medicina.

Es la huella que ha dejado la covid-19 en unos médicos que no están acostumbrados, confiesa Hortal, a ver a tantos pacientes morir, una presión "descomunal" que les ha obligado a dormir en camastros que todos queremos ver coger polvo. EFE.