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El chef que 'ayuda' a combatir el Covid-19 con sus callos solidarios

  • Escrito por Carlos Alberto Fernández
  • Publicado en Crónicas
El cocinero gallego Antonio Amenedo, que regenta la cocina del Pazo de Santa Cruz de Mondoi, durante la entrevista concedida hoy a Efe, tras haber cocinado callos para las personas sin hogar que pasan el confinamiento en el estadio de Riazor, también los preparó hace unos días para el personal sanitario del hospital público de A Coruña. EFE/Cabalar El cocinero gallego Antonio Amenedo, que regenta la cocina del Pazo de Santa Cruz de Mondoi, durante la entrevista concedida hoy a Efe, tras haber cocinado callos para las personas sin hogar que pasan el confinamiento en el estadio de Riazor, también los preparó hace unos días para el personal sanitario del hospital público de A Coruña. EFE/Cabalar

El chef Antonio Amenedo prende los fogones del Pazo de Santa Cruz de Mondoi (A Coruña) para encender con ellos la llama de la solidaridad en esta crisis del Covid-19 que ha golpeado a negocios como el suyo, en los que prepara los callos solidarios con los que ayuda cada domingo a combatir la pandemia.

De su cocina, en la que lleva casi 20 años (tenía preparada un "fiestón" para celebrarlo el 28 de mayo) y que está concebida para bodas, banquetes y jornadas gastronómicas, sale el avituallamiento que hace siete días alegró al personal sanitario del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña y que este domingo reparte entre las personas sin hogar que se alojan en el pabellón de deportes de Riazor.

Amenedo atiende a Efe recién llegado al pazo ubicado en la localidad coruñesa de Oza dos Ríos tras haber recabado algunos ingredientes para sus callos a la gallega, con garbanzos, que suponen "un granito de arena dentro del marrón que estamos viviendo".

"Yo soy un cocinero al que le gustan mucho los callos, un 'calleiro' profesional. En las redes sociales, me pedían la receta y se me ocurrió que, en vez de eso, podía hacer un perolo de callos para llevárselo a la gente que se está partiendo la cara por nosotros", explica.

Y así pasó. "En el hospital me lo agradecieron infinito. No sabes la alegría que nos has dado, me decían. Entonces, como vi que había gustado, pensé en hacerlo para más gente, hablé con los proveedores y me dijeron que adelante.

Todos los domingos mientras tenga salud voy a intentar ayudar a los que pueda. Los callos aquí gustan muchísimo", señala. Después de haberlos llevado al CHUAC, a través de unos amigos se puso en contacto con la alcaldesa de A Coruña, Inés Rey, y esta le pasó con la concejala de Bienestar Social, Participación e Igualdad, Yoya Neira, con la que cerró la entrega de los callos a las personas sin hogar. Y habrá más domingos y más callos porque, pronostica, "esto va para largo".

De hecho, ya ha animado a sus compañeros del grupo Coruña Cociña para que se sumen a estas iniciativas solidarias. Él elabora sus callos con los productos que donan Makro y Embutidos Lalinense y los envasa en recipientes que resisten 120 grados, lo que permite meterlos en el horno y "matar el bicho" antes de repartirlos.

Su laboratorio es una cocina preparada para atender a centenares de comensales (el salón tiene capacidad para 350 pero pueden llegar a las 1.500 personas con carpas), y, allí, el chef se evade por un momento de las consecuencias de la pandemia de coronavirus, aunque el alma también se le rompe en pedazos al ver el salón vacío, esperando que todo vuelva a ser como antes. "Pienso que lo de las bodas lo voy a tener muy complicado por lo menos hasta julio. Entre abril y mayo tenía previstas cinco bodas y siete comuniones.

Eso, en números, son casi 100.000 euros de facturación", sostiene. Algunas celebraciones las ha conseguido cambiar para finales de año, hacia noviembre, y otras, recolocarlas para algunos viernes que estaban libres en verano.

"Se trata de salvar la temporada", admite. Y no solo es su negocio, sino todo lo que este genera. "Es el fotógrafo, el DJ, los trajes, peluqueros, todos estamos en una situación de incertidumbre. No sabemos cuál es la fecha final de esto. Además, cuando acabe el encierro, ¿cómo se reabrirán los restaurantes?", se pregunta. A esa cuestión le da vueltas.

"Al principio no creo que dejen reuniones de más de 50 personas. Me imagino a la gente viniendo a las bodas con mascarillas. Eso te crea un clima de ansiedad". La tensión la libera con los callos y "ayudar a los más necesitados" es algo que le "reconforta", aunque pueda pasarle factura por el riesgo de contagio. "Mi familia me dice que lo haga con cuidado. Tomo todas las medidas. En casa tengo un cuartucho donde dejo la ropa y voy directo a la ducha.

Llevo sin darle un beso y un abrazo a mi hija desde que comenzó esto y a mi mujer, lo mismo", confiesa. Augura una "crisis muy dura, con dos o tres años muy jodidos" por delante. "Esto me parece una película de ciencia-ficción.

Si me dicen ahora que en dos meses viene un meteorito y acaba con el planeta, me lo creo". Hace diez años dio la vuelta al mundo, ha estado en más de 40 países y cree que esa pasión por viajar también se verá frenada.

"Hasta que los países dejen entrar a un español va a pasar tiempo", opina. Para comer, se queda con Japón, donde estuvo tres veces, Nueva Zelanda es el que más le ha gustado y también las playas de Costa Rica y el sur de Tailandia.

Hasta que pueda volver a viajar y probar sabores del mundo, deleitará a los coruñeses con sus callos solidarios, que tienen su secreto: deben llevar patas de cerdo previamente en salazón porque sueltan "muchísima gelatina", y ser cocinados muy lentamente y el día antes a ser degustados. EFE.