LA ZURDA

Angelines, en la farmacia: "Nos sentimos cuidadas y queridas"

  • Escrito por Noelia López
  • Publicado en Crónicas
Fotografía facilitada por Angelines (en la imagen), farmacéutica que trabaja en una farmacia del centro de Getafe. EFE Fotografía facilitada por Angelines (en la imagen), farmacéutica que trabaja en una farmacia del centro de Getafe. EFE

"¿Cómo vais? ¡Cuidaos!". Los policías que hacen la ronda en la plaza del Ayuntamiento de Getafe (Madrid) se asoman a la farmacia en la que trabaja Angelines para darles ánimos en una nueva jornada de confinamiento general. "La gente está seria, pero nos sentimos cuidadas y queridas".

Se acabaron las mascarillas, los guantes, los geles desinfectantes y hasta los termómetros, explica a Efe, pero el goteo de clientes permanece constante en esta céntrica farmacia que, como las del resto del país, sigue abierta para atender a los vecinos que lo necesiten.

Angelines, que cuando sale de casa deja dentro a su familia, toma todas las precauciones posibles detrás del mostrador: se coloca mascarilla y guantes, se lava con alcohol cada poco tiempo, rocía las superficies cercanas y, aunque no era su costumbre, se cierra la bata y se recoge el pelo.

"Lo fundamental es la distancia; hemos puesto en el suelo diferentes marcas para que los clientes no se acerquen demasiado al mostrador y entran de tres en tres, porque somos tres personas atendiendo", apunta. Los vecinos, en general, están siendo "bastante responsables" y comprensivos ante el cambio de rutinas: Ya no se tocan, no toman la tensión, las colas impiden mantener esas pequeñas charlas habituales en las farmacias y Angelines hasta te puede regañar.

"Vemos a mucha gente que va a comprar y siempre se pasean los mismos por la plaza; algunos van en pareja, y muy cerca. A más de un cliente le hemos regañado", comenta esta extremeña de 60 años que que, tras 35 años trabajando en esa farmacia, reconoce que nunca se había imaginado una situación tan "surrealista".

Junto al paracetamol y apiretal, con mucha demanda estos días, siguen entrando las recetas electrónicas de los clientes "fijos", aunque hasta ahí se aprecian cambios: "Aunque tengan reservas, quieren todo lo que tengan recetado; no saben si mañana va a estar la farmacia abierta".

Temores que intentan disipar en la farmacia, desde donde aportan también su granito de arena para no saturar el sistema sanitario. "Filtramos, sí. Hoy ha venido un chico diciendo que su madre esta en casa con tos. ¿Cómo es? ¿Tos seca? ¿Expectora? Ven mañana y nos cuentas cómo está. (...) Les explicamos cómo se tienen que quitar los guantes, cómo se tienen que colocar la mascarilla, que la tienen que coger de las gomas, que no la metan en el bolso...".

Conocen ya varios casos con sintomatología propia del coronavirus, pero a ninguno, por el momento, le han hecho la prueba. "Les indican que tomen paracetamol, nolotil y jarabe para la tos. Algunos no deberían salir, pero viven todos en un piso de 60 metros con un baño y tienen que ir al supermercado, al menos uno...", se lamenta.

Reciben también llamadas por teléfono, gente que pregunta si puede recoger los fármacos que necesita un amigo, un vecino, y Ester, su compañera, se acercó el otro día a casa de una clienta con discapacidad que necesitaba sus medicinas. "Son casos excepcionales, pero los clientes saben que estamos ahí para lo que precisen", señala Angelines en una situación que es en sí misma excepcional.

La cadena de solidaridad, con la que se emociona, se extiende por la plaza en la que se levanta el edificio del consistorio de Getafe, ciudad situada en la zona sur del área metropolitana de Madrid que cuenta con alrededor de 180.000 habitantes. "Había oído que habían puesto en marcha un servicio para llevar los medicamentos a enfermos en casa; crucé hasta el Ayuntamiento y preguntaron en Servicios Sociales, pero le dijeron que no.

Al rato se pasó una persona a darme el teléfono de Protección Civil. Nos echamos una mano". "También vino un taxista al que conocemos. Se ha apuntado a una plataforma para llevar a enfermos, pero no podía hacerlo sin mascarillas ni guantes. Le dimos una mascarilla que teníamos guardada y le llevaré unos guantes de casa.

Le aplaudimos Ester y yo", continúa. Al llegar a casa, se quita la ropa del día para echarla a la lavadora, se ducha y se reencuentra con la familia para compartir las anécdotas. Y tomarse la temperatura. "La mascarilla es muy molesta, es un suplicio llevarla, pero no me quejo. Somos como el barrendero, como el carnicero... Todos tenemos que seguir trabajando", concluye Angelines reconociendo que le da tranquilidad que, mientras ella sale, su familia se quede dentro. EFE.