LA ZURDA

Rescatar la memoria inmaterial que se pierde por la desembocadura del Miño

  • Escrito por Ramón Martínez
  • Publicado en Crónicas
En la montaña portuguesa, todavía existen un par de personas que mantienen viva una forma de vida basada en la trashumancia, condenada a la extinción. Son Isolina Fernandes (imagen) y su hija Leonor Rodrigues, que cada año cargan todos sus enseres y animales en un carro de tracción animal y abandonan la montaña en dirección al valle durante los meses más fríos del invierno. EFE/Salvador Sas En la montaña portuguesa, todavía existen un par de personas que mantienen viva una forma de vida basada en la trashumancia, condenada a la extinción. Son Isolina Fernandes (imagen) y su hija Leonor Rodrigues, que cada año cargan todos sus enseres y animales en un carro de tracción animal y abandonan la montaña en dirección al valle durante los meses más fríos del invierno. EFE/Salvador Sas

El español José Manuel y la portuguesa Isalina son "tesoros humanos vivos" con habilidades que languidecen y cuya identificación, como la de otros como ellos, forma parte del proyecto europeo "Smart Minho" para transmitir a generaciones futuras.

Nadie aprecia tan bien el valor de la memoria como aquellos que saben que se les va yendo. La memoria, más aún la colectiva, es un patrimonio inmaterial de valor incalculable, un museo vivo cuya conservación requiere de una labor abnegada, muchas veces ingrata y casi siempre solitaria.

ARTES DE PESCA MILENARIA

De eso sabe bastante Xavier Rodríguez, un joven espigado de aspecto concienzudo y carcajada pronta, natural del fronterizo pueblo gallego de As Neves, quien desciende en su tiempo libre hasta las aguas del Miño para empaparse de los secretos del arte milenario de la pesca con "masoira".

Un arte cuyos pliegues íntimos ya sólo conocen un puñado de ancianos a ambos lados del río, frontera natural que separa política y administrativamente Galicia y el norte de Portugal, pero también, y sobre todo, la arteria que durante siglos ha conectado ambas orillas para hibridar a sus gentes.

"Llevamos 25 años manteniendo que la cultura gallega y la cultura del norte de Portugal, es decir: O Miñoto, forman parte de una cultura común", defiende Xerardo Feijóo, antropólogo y miembro de la Asociación Cultural y Pedagógica "Ponte..nas Ondas!", una de las 176 entidades consultoras acreditadas por la Unesco en todo el mundo y la única en Galicia.

"Ponte...nas Ondas!" estudia el patrimonio inmaterial transfronterizo y participa del proyecto de cooperación 'Smart Minho', liderado por la Diputación de Pontevedra y cofinanciado al 75 por ciento por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

La iniciativa "Los tesoros humanos vivos del río Miño Transfronterizo" trata de documentar, para evitar que se pierda, la memoria cultural gallegoportuguesa acumulada durante siglos y que ya sólo reside en las cabezas de unos pocos ancianos.

Esta iniciativa ha encontrado un aliado en Xavier, quien no sólo ha renunciado a seguir los pasos de muchos otros que buscaron en la emigración una válvula de escape al desempleo y la falta de horizonte vital, sino que frecuenta a los "tesoros humanos vivos" con la esperanza de acabar convirtiéndose en uno de ellos.

"Me parece una riqueza y no quiero que se eche a perder", asegura Xavier, que a estas alturas es ya un libro abierto sobre la pesca de lamprea con "masoira" y sobre las "pesqueiras" o "pestos" sobre las que se lleva a cabo.

Las "pesqueiras", explica de carrerilla Xavier, son formaciones pedregosas, presuntamente construidas por los romanos hace unos 2.000 años, que desde la ribera se adentran estratégicamente en aquellas zonas del río donde menos trabas encuentran las lampreas para remontarlo. Es ahí donde se colocan las "masoiras" o buitrones, un aparejo de pesca artesanal que consiste en una red en forma de embudo, extendida bajo las aguas con una boya y un peso, por cuya gran boca abierta con un armazón de metal se cuelan los peces.

Las "pesqueiras" son propiedad privada, pero, desde hace unos años, también patrimonio cultural, explica José Manuel Camiña, uno de esos "tesoros humanos vivos" cuyo saber absorbe Xavier.

SUPERANDO TRABAS

A pesar de sus 70 años, José Manuel desciende por las laderas empinadas que conducen al Miño con la desenvoltura de un gamo. Y allí, su gallego fronterizo y lusista se alza nostálgico sobre el arrullo del Miño para rememorar otros tiempos, no tan antiguos, en que las "pesqueiras" daban de comer a toda una familia. Era un tiempo, dice, en que se pescaba de todo. También angula, "que se utilizaba para abono" o para dar de comer a las gallinas. "Ahora, la poca que hay va para Japón, es un negocio", lamenta.

Por eso, el arte de la pesca con "masoira", hoy, "es una artesanía", dice José Manuel: "Casi nadie la practica, la gente joven no quiere saber porque no da. Antes la gente se dedicaba a hacer redes porque el río daba mucho y mantenía a la familia. Ahora es un hobby y perder el tiempo. Esto", dice enseñando la red, "ahora por menos de 500 o 600 euros no te lo hacen. Cada red está hecha a medida en función del tamaño de la pesqueira. Esto está hecho malla a malla, y luego eso no lo descuentas en la vida".

No son las únicas trabas que enfrenta este arte milenario para tratar de burlar su propia extinción, media Xavier, que habla de sobreexplotación y cambio climático: "Aparte de eso, un gran problema son los saltos que se construyeron río arriba, que varían mucho el cauce. Entonces, al mismo tiempo de que es malo para pescar, es malo para la propia reproducción de la lamprea, porque cuando desova, al bajar el cauce, los pájaros, los cormoranes, se comen las crías".

Y luego está, claro, la hiperregulación y la burocracia, de las que José Manuel reniega con amargura: licencias de pesca expedidas por la Comandancia de Marina del Miño, tasas, estrictos controles del tamaño de las redes, restricciones a la hora de reparar las 'pesqueiras', y elevadas multas por incumplir la normativa que convierten en deficitaria una actividad que en sus buenos tiempos permitía a quienes la practicaban capturar hasta 40 o 50 lampreas en una sola noche.

Todo eso es historia o estaría a un palmo de serlo de no ser por gente como Xavier: "Mientras viva intentaré no perder las costumbres y me gustaría, cuando sea mayor, hacer como hacen ellos, que están muy agradecidos de que gente joven se interese por el tema. Y espero que yo algún día pueda enseñar estas artes, que al fin y al cabo son costumbres. Realmente antes la gente lo hacía para comer, por necesidad, y ahora lo hacen por tradición, no por otra cosa".

Afortunadamente para los conservacionistas de este patrimonio inmaterial, esta relación que Xavier y José Manuel mantienen con el río y las 'pesqueiras' se reproduce al otro lado del Miño, porque, como explica Xerardo Feijóo, allí "hay las mismas 'pesqueiras', exactamente igual que aquí, con personas que conocen y comparten el mismo saber sobre las artes del río".

LAS ÚLTIMAS TRASHUMANTES

En ese otro lado, en territorio portugués, se asciende desde el valle junto al río por estrechas y umbrías carreteras arboladas que zigzaguean colina arriba hasta Castro Lameiro, una diminuta y aislada aldea difuminada entre una niebla espesa, donde sus escasos pobladores mantienen resquicios de una forma de vida de otro siglo que la iniciativa "Los tesoros humanos vivos del río Miño Transfronterizo" ha acertado en documentar.

Allí vive desde hace 76 años Isalina Fernandes, una anciana que encadena frases igual que suma puntadas una máquina de coser. Lo hace en castrejo, un portugués rústico punteado de arcaísmos cuya sonoridad gallega lo emparenta con variedades dialectales del otro lado del río. Y con esa forma tan particular de hablar, da rienda suelta Isalina a su memoria, que es torrencial y desordenada como las aguas del Miño cuando bajan bravas.

"Mi vida ha sido muy dura, muy dura", asegura sentada junto al fuego de una "lareira", la cual vomita un humo denso que enrojece los ojos. Los suyos se esconden vivarachos entre las estrías de su rostro cuarteado, las cuales se repliegan como un acordeón cada vez que ríe, lo que hace a menudo cuando habla de los gallegos, con los que mantiene una relación un tanto contradictoria.

Isalina y su hija Leonor, cuyas formas de vida están tan estrechamente ligadas a la naturaleza y a la sierra como determinadas por ellas, son también "tesoros humanos vivos" protagonistas del proyecto europeo "Smart Miño".

IDAS, VENIDAS Y COSTUMBRES

Son las únicas en toda la aldea que aún practican la trashumancia, a la que antes de la llegada de la calefacción, las carreteras o los automóviles, estaba abocada toda la aldea, que cada invierno huía de la montaña para evitar quedar aislada por la nieve.

Entonces, poco después de la matanza del cerdo, en los pescantes de carros tirados por bueyes que cargaban de gallinas y conejos, y a los que seguían cabras y vacas, comenzaba un complejo traslado al valle, donde todos los aldeanos tenían una segunda vivienda, a la que llaman "Inverneira": "Navidad en la 'inverneira y Pascua en la 'branda'", todavía dicen en la aldea para distinguir ambas viviendas y el tiempo que en ellas pasaban.

"Lo llevábamos todo. Y nos íbamos por los caminos abajo. Ahora ya hay carreteras, pero antes eran caminos e incluso llegó a morir gente en los caminos. Poníamos una escalera, con unas baldas atravesadas y con ropa debajo, porque colchón no había ni había nada de eso, y allí con los muertos para abajo", cuenta Isalina.

Aquellos tediosos y arriesgados traslados ya nadie los hace salvo Isalina y su hija Leonor, pero cuentan ahora con una furgoneta y un tractor y carreteras que les facilitan el descenso, razones que ratifican su decisión de negarse a abandonar su forma de vida.

"Algunos se dan cuenta de que están mejor abajo, otros de que están mejor aquí, y yo como estoy bien en un lado y en el otro todavía hago el viaje", dice risueña Isalina, cuya forma de vida tiene asegurado el relevo en su hija Leonor.

"La gente se fue a las ciudades y ahora la mayor parte vienen de vuelta porque en las ciudades no hay trabajo y no tienen para comer. A nosotros aquí de comer no nos falta", asegura Leonor, para quien en la sierra "sólo pasa hambre quien no quiere trabajar".

"No echamos en falta nada porque nos llega de todo", añade Leonor, que a sus 54 años tiene bien claro que lo que no tienen lo producen: leche, queso, embutido, y todo aquello que puede dar la naturaleza a quienes han aprendido a domesticarla.

Hay excepciones, por supuesto, pero para eso están las ferias que frecuentan en los alrededores, a uno y otro lado del Miño, donde gallegos y portugueses se funden con tanta naturalidad como la mayoría de sus costumbres. Una de ellas es el carnaval, fiesta de gran arraigo en Galicia, donde se la llama "entroido", y al que por influencia gallega llaman "entrudo" en el norte de Portugal.

En el interior de su "branda", Leonor se enfunda pizpireta su traje de "entrudo" y explica paciente las partes de las que se compone: el lienzo, el mandil, los calzones, el "saiote" y, por supuesto, un velo que tapa la cara y que permite envolver en el anonimato faltas de respeto y verdades como puños sólo aceptables en los alegres días de mascarada que preceden a la Cuaresma.

Son esos días también para alimentar el roce con las gentes del otro lado del Miño, con los que Isalina, aficionada a componer "cantigas", mantiene una relación con bastantes aristas porque de los gallegos, dice, mucho no se fía.

Con todo, tiene a bien dedicarles "cantigas" que ella misma escribe, como la que sigue: "Yo recibí a un gallego / con todo el amor y cariño, / espero que no se pierda por el camino. / Para venir a mi casa por alguien fue guiado, / pero vino a un sitio cierto, no dio un paso mal dado". EFE.