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Anatomía de los cambios en Corea del Norte a ojos de dos periodistas españolas


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Pyongyang va tomando forma, en los últimos años, como un reluciente escaparate del que presume el régimen de Kim Jong Un, en el que no faltan teléfonos móviles, televisores de plasma, prendas de colores y modernas torres de apartamentos; pero ¿hasta dónde llegan realmente esos cambios?

En las 380 páginas de "El país más feliz del mundo" (Península), las periodistas españolas Sara Romero y Macarena Vidal aportan la experiencia de sus tres visitas a Corea del Norte -en 2015, 2016 y 2017- para tratar de descifrar el alcance de las transformaciones bajo el liderazgo del tercer eslabón de la dinastía roja de los Kim.

"Al haber podido entrar en el país tres años consecutivos, hemos visto su evolución, algunos signos de mejora económica e imágenes más en sintonía con el resto del mundo", relata desde Washington Macarena Vidal, que fue corresponsal jefe de Asia para "El País".

Si en su primer viaje, en 2015, "no había prácticamente luces en la calle por la noche" y tuvieron que cruzar una avenida "a tientas" por un paso subterráneo a oscuras, en 2017 ya habían brotado decenas de enormes edificios en barrios de colores pastel, regados de "iluminación pública", cuenta Vidal en una entrevista con EFE.

"Pyongyang es el escaparate que el régimen quiere mostrar a los visitantes extranjeros", ahonda Sara Romero, jefa de la sección de Internacional de Antena 3 Noticias. Ante la habilidad de la propaganda norcoreana para disimular sus flaquezas y escenificar fantasiosas demostraciones de prosperidad en su autoproclamado "paraíso de los trabajadores", el viajero a menudo se pregunta si lo que está viendo es verdaderamente representativo de la realidad o lo están paseando por un pueblo Potemkin.

¿Puede hablarse realmente de un giro con Kim Jong Un, para pasar página de la época en que gobernó su padre, Kim Jong Il, marcada por la espeluznante hambruna de los años 90?

El nuevo líder, recuerda Romero, abandera la política "byungjin", que defiende un "desarrollo paralelo" de la economía y del ejército, un equilibrio que no buscó su predecesor, cuya política "songun" priorizaba solo lo militar.

"Quieren más prosperidad económica, para que sea esa la base de la legitimidad del régimen", razona Vidal, que resume la filosofía que intenta transmitir Kim Jong Un a sus ciudadanos para preservar el "statu quo" sin sobresaltos: "Si no te metes en política, te daré bienestar económico".

Todo ello, sin renunciar en modo alguno a su programa nuclear y sus lanzamientos de misiles, garantía de supervivencia del régimen. La estrategia del joven Kim ha consistido en mantener su amenaza nuclear ante quien se atreva a desafiarlo pero, a la vez, proyectar una imagen de modernidad y apertura a las comodidades del exterior, para demostrarle al mundo que su Corea "no tiene nada que envidiar" a nadie, mientras cultiva un perfil campechano que emula el carisma del que gozaba su abuelo, el llamado Gran Líder, Kim Il Sung.

Hay rasgos de Kim Jong Un que lo distinguen de su padre y de su abuelo, como el hecho de haber estudiado en Suiza y de disfrutar con ofertas de entretenimiento occidentales como la NBA, que lo han llevado a invitar varias veces al país a una excéntrica leyenda del baloncesto estadounidense como Dennis Rodman.

Al tiempo que Kim Jong Un se fotografiaba sonriente al lado de los "piercings" y la piel tatuada de Rodman, su población iba adquiriendo reproductores de DVD -en los que ven películas y series extranjeras, a veces introducidas de contrabando-, electrodomésticos, bolsos falsificados de marcas de primer nivel y ropa internacional.

Esos productos proceden casi siempre de China, como el bolso de imitación de Prada que lucía una señora con la que se toparon Romero y Vidal, o el perfume que dio pie a una anécdota surrealista: una funcionaria del régimen conocía a Antonio Banderas porque era el hombre que daba nombre al bote de colonia que le trajo su marido, sin tener la menor idea de que se trataba de un actor español.

La escena deja entrever que la supuesta apertura de la Corea de Kim Jong Un tiene mucho de superficial y es esencialmente económica, muy poco cultural y, por supuesto, nada política, porque el control sobre la población, la lluvia de mensajes propagandísticos y las cucharadas de culto al líder que suministran a la gente siguen sumiendo al país en un aislamiento sin parangón, agravado en los últimos dos años a raíz de la pandemia de coronavirus.

Al amparo del boom constructivo que vive la capital y del florecimiento de negocios privados, está naciendo una nueva clase, ambiciosa y adinerada, los "donju", que comercian con artículos foráneos, obtienen contratos, manejan divisas y se pueden permitir cenas en restaurantes modernos de barrios recién estrenados.

¿Se encamina Corea del Norte hacia el modelo chino de partido único y capitalismo salvaje? "No estamos en ese escenario", matizan Vidal y Romero, que además de coincidir en sus viajes a la península coreana y escribir a cuatro manos su libro comparten un mismo origen profesional: ambas empezaron su carrera en la Agencia EFE.