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Cierra ‘Bombonería Santa’ tras décadas endulzando la vida de los madrileños


  • Escrito por Marcel Guinot
  • Publicado en Actualidad
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Después de varias décadas endulzando la vida de los vecinos de Madrid, el último local de Bombonería Santa, en el número 56 de la calle Serrano, cerrará sus puertas definitivamente el próximo 10 de mayo, y con él, morirá otro pedazo de historia en una capital donde el negocio tradicional de proximidad “está desapareciendo”.

La franquicia, propiedad de la madre del productor de cine Enrique L. Lavigne, termina así con casi cien años de comercio desde que en 1932, el abuelo del productor fundara una fábrica de chocolatinas que dio paso a tres establecimientos: uno en la calle Espoz y Mina, otro en la calle de Goya y el de la calle de Serrano, abierto hace 63 años.

“El de Espoz y Mina fue el primero que desapareció, y el de Goya se fue con el inicio de siglo”, rememora en conversación con EFE Lavigne, que reconoce que tanto él como su hermana están “entristecidos” por el final de un negocio que levantó su abuelo y siguió con su madre, la última persona que podía disfrutar del contrato del espacio hasta su reciente fallecimiento.

Con el fin de la actividad, el miedo de los Lavigne era que todo el mobiliario creado ex profeso para el local terminara en un “vertedero”, y ese fue el motivo por el que Enrique anunció el pasado jueves, a través de su cuenta de X, que la familia vendía todos los enseres de la tienda, una publicación que generó un gran revuelo y conversación y curiosidad en las redes sociales.

El productor cinematográfico reconoce que “ha sido difícil” entrar en la bombonería desde la marcha de su madre, ya que, cuando era pequeño, el local fue “su segunda casa”, un lugar ahora “habitado por la nostalgia de tiempos en los que no era capaz de apreciar las cosas”, pues allí acudía todas las tardes para estudiar y hacer los deberes, según él mismo cuenta.

Su ‘muerte’ es el síntoma de que hay un Madrid que “se está perdiendo”, en opinión del productor de cine; es el Madrid de “las tertulias, los cafés y el negocio de proximidad”, de los lugares donde “pasan personas y vecinos, entran y salen y se conocen”.

“Da pena, pero es una adaptación a los nuevos modelos de negocio, de consumir un producto de forma diferente”, concede. Pero el fin no siempre es el fin. Lavigne detalla que, junto a su hermana, están planteando "reformular" el negocio, aunque no en el mismo sitio.

A raíz del mensaje publicado en X, “muchas personas que han transitado por ese túnel del tiempo que va a desaparecer en Serrano” han aparecido “en masa” para “tomarse el último normal”, asegura el productor.

A las 10:00 de la mañana del viernes, un día después del mensaje publicado en redes, la realidad confirma las palabras de Lavigne: al establecimiento de Serrano llegan algunos curiosos, compradores habituales y personas interesadas en el mobiliario que van a vender.

Entre ellos, una pareja de turistas llegados desde Austin (Texas), conducidos hasta allí por una agente comercial, que alucinan con el aspecto del establecimiento y fantasean con adquirir alguno de los objetos a la venta, aunque finalmente desisten, “por el momento”, y se llevan una caja de dulces.

Entrar en el local se siente como viajar un siglo atrás y transporta a la mente el imaginario asociado al personaje Willy Wonka. Tras pisar la moqueta roja que cubre el azulejo del suelo, la luz cálida de las lámparas redondas, adosadas a la pared, rompe de golpe la oscuridad presente e ilumina las vitrinas rectangulares, atestadas de bombones de praliné, trufas o avellanas grandes inundadas en chocolate negro.

A la izquierda, una estantería única de madera forrada de latón, hecha a mano en los años 60 y diseñada por Héctor Marabini, acumula piezas de vajilla y estatuillas de marfil y cestas de mimbre, entre carteles en los que se lee ‘no tocar’, todo ello custodiado por una estatua mediana de un joven negro con sombrero que evoca los recolectores africanos de cacao.

Con el cierre de la persiana, Lavigne vende todo el mobiliario que compone el establecimiento: desde una bandeja de cuero de 250 euros o una mesa de latón valorada en 200 hasta la joya de la corona: una escalera de caracol con fecha de 1957 que tiene un precio de 10.000 euros, al que se suma el servicio de desmontaje, opcional, de 1.500 euros llevado a cabo por profesionales contratados por la bombonería.

En el establecimiento dejan claro que el desmontaje por su parte es opcional y se puede encargar por parte del comprador, pero recomiendan que sean sus profesionales de confianza, que conocen las características de la infraestructura, quienes ejecuten el traslado, puesto que una vez fuera de la tienda, dicen, no se responsabilizan de los daños que pueda sufrir.

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