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Ucrania Imposible


  • Escrito por Héctor Valdes
  • Publicado en Actualidad
(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Ocho de diciembre de 1991, bosque de Bieloviezh. En la selva de incomparable belleza dividida entre Bielorrusia y Ucrania, se reúnen Yeltsin, Shuskievich y Kravchuk, a la sazón presidentes de las todavía repúblicas socialistas de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. En tan misterioso y al mismo tiempo que idílico paraje, tiene lugar el encuentro en el que se rubrica el derrumbe de la Unión Soviética, oficialmente producido apenas 17 días después, y que significará arriar la bandera roja de la hoz y el martillo del Kremlin después de 74 años de izada.

La revolución Naranja y Maidán

Uno de los estados independientes que nace en Bieloviezh es Ucrania, y ya desde su alumbramiento mostró una clara predisposición a la inestabilidad, al desastre ecónomico perenne y a un subdesarrollo social que derivaría en los hoy por hoy dos hitos más traumáticos desde el punto de vista político que afectan a la todavía joven nación del este europeo; la denominada Revolución Naranja de 2004/05 que termina con el pro-occidental Yuschenko en la presidencia del Gobierno, y la revuelta del Maidán de 2013/14, que provoca la caída del controvertido Yanukovich y la llegada al poder de Poroshenko.

Los dos procesos mencionados comienzan de la misma manera, con un Gobierno prorruso acusado de corrupción y nepotismo e inmovilista en al ámbito internacional. Ambos finalizan también de la misma manera, con la irrupción en escena de figuras heterogéneas desde el enfoque ideológico, pero con una meta común, alejarse del abrazo de Moscú y acercar a Ucrania a Occidente, ya sea mediante el acuerdo de asociación con la UE, una aproximación a la OTAN e iniciativas de carácter similar, siempre tendentes a observar en sus vecinos del oeste aquellos patrones de evolución necesarios para sacar al país del letargo y estancamiento en el que está sumido desde el mismo día de su nacimiento.

Ausencia de buen gobierno

Sin entrar a valorar la idoneidad de los diferentes y numerosos líderes que han poblado la escena política ucraniana las últimas tres décadas, con algunos casos tan exagerados y obscenos como Kuchma, Tymoshenko o Yanukovich, sí que se puede poner de relieve que el resultado de sus acciones ha sido siempre el mismo, ruina perpetua, corrupción extrema, crecimiento poblacional negativo fruto de la migración masiva y la inoperatividad del sistema sanitario, y en definitiva, un despropósito tras otro que sitúan al país en este momento, enero de 2022, como muy probable escenario central de un conflicto bélico gravísimo y de consecuencias incalculables.

Ucrania nace de tal manera que es harto complicado su manejo, a ninguna de las potencias vecinas y deseosas de ejercer su influencia le interesaba un país fuerte, soberano, cohesionado y con independencia real. Se agrupa en la misma realidad nacional a diferentes grupos étnicos, religiosos y lingüisticos con poco o nada que ver entre ellos, y lo que es más grave, con apetencias por formar parte de estados vecinos mucho más sólidos y consolidados, con los que además tienen indelebles lazos históricos y culturales y hacia los cuales tienen incardinado un verdadero sentimiento de pertenencia que la joven nación ucraniana ha sido incapaz de inculcar. Una incapacidad que tiene en gran medida su origen, en el fracaso de los distintos ámbitos competenciales del estado, sobre todo de aquellos elementos mínimamente básicos para conferir seguridad y bienestar a la ciudadanía.

La injerencia extranjera en Ucrania ha sido y sigue siendo un factor clave pues múltiples actores pretenden hacer de Ucrania su patio trasero...o delantero

La injerencia perpetúa

No se puede obviar la responsabilidad de los diferentes dirigentes políticos que Ucrania ha sufrido durante las tres últimas décadas. Estos apenas se distinguen de la cohorte de oligarcas de obediencia cambiante que pululan desde Donetsk hasta Lvov.

Ahora bien, la injerencia extranjera en Ucrania ha sido y sigue siendo un factor clave pues múltiples actores pretenden hacer de Ucrania su patio trasero...o delantero. En esto último todos tienen responsabilidad, en cuanto a no vigilar y promover la consolidación de Ucrania como un estado fuerte, soberano y en progresión, capaz de proporcionar a sus ciudadanos un proyecto común, una realidad integradora que sea aceptable para el conjunto de sus ciudadanos, donde encajen las diferentes sensibilidades y donde la idea del bien común haga de pegamento imprescindible para avanzar en la cohesión nacional.

Ninguno de los vecinos de Ucrania ha renunciado a considerar alguna parte de su territorio como zona de histórico derecho de influencia e injerencias múltiples, cuando no directamente como zona ilegítimamente usurpada y perteneciente a una entidad extraña y ajena. A nadie escapa la nostalgia con la que desde Austria o Hungría se considera las provincias occidentales de Lvov o Ivano-Frankovsk, antaño parte del Imperio Austro-Húngaro hasta su disolución al término de la I G.M, las veleidades de Erdogan con los tártaros de Crimea, la influencia polaca en la Volinia, o directamente la anexión rusa de la península crimeana y su indisimulado apoyo a las provincias rebeldes del este, Donetsk y Lugansk. Todo ello aderezado con la doctrina del "Drang nach Osten" alemán, la expansión hacia el este que ya adquirió protagonismo con Bismarck en el S.XIX, y que se refleja en la enorme dependencia económica hacia Berlín de la práctica totalidad de los países del este europeo, escenario especialmente intenso en Ucrania.

La absorción rusa

Llegados a este punto nos encontramos en lo que parece ser la víspera de una absorción rusa por la vía de las armas. Digo absorción, porque hay que tener en cuenta que desde la óptica moscovita, Rusia jamás podrá renunciar a reintegrar en su seno a aquellos pueblos al este del Dniepr, que fueron el origen mismo de Rusia, la Rus de Kiev, donde tuvo lugar la Batalla de Poltava que significa el principio de la decadencia sueca, y que en definitiva se hayan poblados por gentes rusófonos en muy alto porcentaje, ortodoxas en su cristiandad, y con casi idénticas costumbres socio-culturales que un ruso de Tambov, Perm o Riazan. Por supuesto no son los fines culturales o lingüisticos lo que mueven al zar Putin a amenazar con invadir militarmente Ucrania, nada más lejos de la realidad, lo que conduce al gobernante ruso a elevar varios grados su tono de agresividad es el extremo conocimiento que Gobierno tiene de la realidad europea, su inigualable instinto oportunista para aprovechar las debilidades y vulnerabilidades de aquellos que jamás percibirán como socios o aliados, sino solamente como adversarios o competidores.

El gusto ruso por extremar y polarizar las sociedades europeas, simpatizando y respaldando de forma poco disimulada con la extrema derecha en aquellos países donde esta opción política es lo suficientemente fuerte electoralmente como para ser decisiva

El análisis de Putin

La gravedad del asunto estriba en que Putin jamás aceptará situaciones ya consumadas e irreversibles por medios políticos o diplomáticos, como son la expansión de la UE y/o la OTAN hacia las antiguas repúblicas soviéticas. Si bien es cierto que la estupidez no es un rasgo que caracterice al ruso, que siempre elige aquellas batallas que sabe que va a ganar, asumiendo el coste que pudieran conllevar. Es plenamente consciente de que las minorías rusófonas en las tres repúblicas bálticas no son aliado suficiente para generar un conflicto interno con visos de prosperar, tres repúblicas que han conocido años de progreso y crecimiento económico impensables bajo la égida antes soviética y rusa después, progreso y crecimiento que indudablemente también afecta de manera positiva a las minorías rusas. No considera a la pequeña y rígidamente gobernada Bielorrusia como un terreno donde sea necesario desgastarse, ya funciona como un satélite ruso en todos los aspectos, y no exige más implicación a un coste muy bajo. Con la situación el Cáucaso bajo control tras las dificilísimas dos décadas posteriores a la caída de la URSS, y una escena propicia en Asia Central con la salvedad del susto kazajo, el dirigente ruso es plenamente consciente de que es ahora cuando conviene apretar en Ucrania. El gusto ruso por extremar y polarizar las sociedades europeas, simpatizando y respaldando de forma poco disimulada con la extrema derecha en aquellos países donde esta opción política es lo suficientemente fuerte electoralmente como para ser decisiva, sobre todo en los países del norte y centro de Europa, o sus guiños a los movimientos de corte soberanista en el caso de España en particular y de izquierda dura en el Mediterráneo en general, no son sino parte de una misma doctrina, que pasa por minar la cohesión interna europea, en una estrategia con múltiples vectores, el energético, el político, el migratorio, el militar y fundamentalmente el económico.

En esta confrontación desigual, aparentemente entre Rusia por un lado y EE.UU/Gran Bretaña por otro, las víctimas y grandes perdedoras pueden ser únicamente Ucrania y la Unión Europea. Moscú conoce al dedillo la incapacidad manifiesta de Bruselas para adoptar una política exterior única, común y firme ante la amenaza que se cierne sobre un país europeo independiente y con un acuerdo de asociación con la UE en vigor. La salida de Gran Bretaña de la UE fue un gran éxito del mandatario ruso, encantado de separar a la Unión del adversario que más teme Vladimir, y que a ojos de la lógica rusa sólo debilita en extremo a su competidor.

Putin sabe cómo agitar las contradicciones internas europeas, situándonos ante nuestro propio de espejo de vergüenzas nacionales y/o comunitarias

¿Qué podemos hacer?

Putin sabe cómo agitar las contradicciones internas europeas, situándonos ante nuestro propio de espejo de vergüenzas nacionales y/o comunitarias, el nivel de exigencia, asunción de responsabilidades y depuración de las mismas, así como de fiscalización de la acción política en general, es enormemente superior en nuestra UE que en Rusia, dado que en este último país directamente no existen estos conceptos. La capacidad de generar adhesión a la idea de expansión nacional es por contra muy superior en relación a la opinión pública rusa con respecto a la europea, donde prima la indiferencia en lo relativo a la política internacional, y nuestra posición de sometimiento ante un estado que busca permanentemente ridiculizar, debilitar y desplazar a la UE del tablero internacional, no cambiará mientras sigamos sin una política exterior única, firme y convencida, mientras no tengamos meridianamente claro que en el ámbito internacional, todos los jugadores son lobos con piel de lobo.

La UE debe proteger la independencia de Ucrania como bien mayor a preservar, como mínimo innegociable para progresar en la relación con nuestros vecinos, de un lado del Atlántico, y del este europeo. No se puede bajo ningún concepto pretender negociar gas por territorios, o algún indecente pacto de corte similar.

Todo lo que no sea una solución duradera al conflicto ucraniano, sólo servirá para socavar la posición estratégica de la Unión a futuro, para hacernos permanentes rehenes de Moscú, y para situarnos en una cada vez más débil posición en la escena mundial.

Ucrania debe decidir su futuro, libre de injerencias externas, presiones y amenazas, y la Unión Europea ha de adoptar el papel de garante de esa capacidad de decisión, protegiendo la soberanía del país, robusteciendo sus instituciones, y velando por el progreso y bienestar de sus ciudadanos.

Ceremonia en homenaje a los defensores caídos de Ucrania en Donetsk.

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